Recordando a Aaron Swartz

Recordando a Aaron Swartz

Transformar la vulnerabilidad en alianza y resistencia

La muerte activa nuestras preguntas por la finitud de las cuerpas, los sentidos del dolor y el placer, la vulnerabilidad de la vida propia y la ajena… En el dolor que se comparte nos reconocemos mutuamente vulnerables y en la necesidad mutua de contención nos encontramos para formar alianzas emocionales, círculos que se abrazan para ser más fuertes y resistir. A menudo, la forma que encontramos para lidiar con el dolor y las preguntas sobre la finitud, es creando un culto.

Sobre sostener cotidianamente las relaciones de sometimiento o las manos de las propias productoras

En las sociedades en las que vivimos se supone que no se puede organizar ningún gobierno sin representantes, sin políticos profesionales y sin punteros territoriales; en los lugares donde trabajamos se supone que no puede llevarse a cabo la producción sin jefes, sin gerentes y sin técnicos; en las universidades o profesorados donde nos formamos se supone que no podríamos educarnos sin funcionarios administrativos y sin profesores catedráticos; en los sindicatos en los que nos afiliamos se supone que no podríamos defender nuestros derechos laborales sin militantes profesionales, líderes gremiales o dirigentes. El límite es la religión: no existiría nada si no fuera por la divinidad que creó todo y que vela por el mantenimiento de nuestra existencia. Estamos tan acostumbradas a delegar las decisiones que afectan nuestras vidas cotidianas que nos resulta dificilísimo o imposible concebir movimientos políticos y sociales sin la figura de referentes. Al sostener y reproducir cotidianamente relaciones de asimetría en la referencia de la autoridad de las voces, nos corremos de identificar la propiedad común con la propiedad pública. En los límites de la gestión de lo público y de la propiedad, concedemos a un grupo de funcionarios, que manejen y decidan sobre los problemas cotidianos de nuestras vidas. Del otro lado está la posibilidad de, antes que convivir como un programa potencial de divinización, estatización o propiedad pública para que nada cambie y todo se reforme, vivir la experiencia de la propiedad común en manos de sus propias productoras.

Recordar es olvidar

Aaron Swartz (igual que muchas de nosotras) padeció la confluencia de dos momentos, la transición entre la sociedad de control y la sociedad de dominio. La sociedad de control lo vigiló y criminalizó; la sociedad de dominio los utilizó a él y a sus afectos, para adoctrinar a las activistas. En esta forma de control de la cuerpa social, se tiene por objetivo que ésta sobreviva dentro de unos estándares de humanidad que legislan nuestra natalidad, nuestra salud, educación, deseos, formas de habitar, nuestra sexo-afectividad, nuestro género y la formas de su expresión. Aaron Swartz lo entendió todo a los 14 años y empezó de toque a pensar en la memoria colectiva, por eso le gustaban las bibliotecas, las wikis, documentar. Pero nuestra memoria es mala y cada vez que nos acordamos de algo, en la incapacidad que tenemos de conocer el mundo que nos rodea, inevitablemente nos olvidamos de algo. Hay información que se pierde al pasar de la experiencia vivida en carne propia al lenguaje en el que se codifica la memoria. Pero por suerte, en esos olvidos tambien se generan nuevos significados…

A nosotras nos gusta pensar en Aaron Swartz como une aliade (¿era queer?, eso no lo dicen) con le que seguimos dialogando desde el pasado y el presente, no como un referente. Por eso, para recuperar los nuevos significados que nos habilita la mala memoria de la experiencia irremplazable de su humanidad negada por el aparato represivo, queremos actualizar algunas ideas sobre la cultura libre y la propiedad común.

La forma de disponibilizar y difundir el conocimiento activa el problema de los medios que toma esa forma, es decir, las condiciones que la hacen ser posible

Digitalizar y compartir online viene siendo una estrategia importante en la práctica de las disidencias, los pueblos originarios y las activistas de la cultura libre. Desde hace tiempo venimos usando esa estrategia para preservar nuestros conocimientos y tradiciones en nuestros propios términos y desde nuestras propias narrativas. Pero hay una tensión en que por su parte, las instituciones culturales y los medios de comunicación usen, vendan y/o difundan productos de nuestros conocimientos como si les fuesen propios. En la medida en que no podemos decidir sobre lo que pueden o no pueden hacer esas instituciones, cuando por ejemplo: una marca de ropa pone de moda un patrón de diseño tradicional de una cultura originaria, cada vez que se digitaliza un archivo y se lo sube a internet, e incluso cada vez que se estabiliza una línea genética de un organismo modificado genéticamente y se patenta su genoma; se pierde la posibilidad de dejar la impronta de la memoria de las que hicimos posible esa realidad.

No es solamente que ciertos conocimientos que pertenecen a nuestras comunidades activistas caigan bajo el dominio de una “propiedad intelectual”, se privaticen y se mercantilicen, es que todo el imaginario en torno al patrimonio colectivo de las culturas vivas, ya es un argumento para su categorización racional bajo los lineamientos del mercado.

Las industrias culturales en su expansión vienen desarrollándose sobre la apropiación del dominio público de los saberes de las que los hicimos posibles con las fuerzas de nuestros trabajos. Es que a través de un intrincado entramado de reglas e instituciones, se fue construyendo un paradigma que tiende a conceder derechos de propiedad intelectual sobre el conocimiento, la sensibilidad y los imaginarios de nuestras colectivas y comunidades activistas. Así, en la medida en la que alguno de nuestros saberes entra en el sistema de categorización bio-administrativo de asignación, valoración, promoción y producción en masa, su significado presente y futuro entra a estar en disputa. Por eso, las románticas del acceso ilimitado esconden en la otra mano el control de quien mueve los cables, el robo que es la cultura de los medios deprivativos de información, de producción, del trabajo y del conocimiento.

El adoctrinamiento de las fuerzas represivas funciona exterminando nuestras cuerpas

Que todo esté disponible online libremente en internet es que pertenezca a las corporaciones que son dueñas de la web: internet son cables. El hecho de que tengamos que organizarnos en comunidades digitales sistemáticamente, de forma concertada y –muchas veces hasta– desde distintas regiones del mundo, nos deja picando en el cachete de las nalgas la certeza de que si internet fuera nuestra, sería más fácil que estuviera llena de las cosas que para nosotras son importantes y nos interesan. Estamos subrepresentadas y nuestros conocimientos, nuestras formas de compartirlo y producirlo, son invisibilizadas sistemáticamente, perseguidas y marginadas.

Pero a la crítica estratégica de la concepción tradicional de la cultura libre para contribuir a visibilizar y difundir esta invisibilidad y falta de representación online de los conocimientos de las comunidades activistas (trans-feministas, disidentes, antihegemónicas, originarias, putas, marikas, negras, tortas, gordas, entre otras interseccionalidades) hace falta agregarle la identificación de otro territorio de resistencia en internet y las tecnologías. Y a esto chantarle la estratagema de transgredir la estructura que se nos presenta como dada para reapropiarnos y resignificar las tecnologías que se nos presentan autoritariamente como centralizadas. Es decir, que al identificar el piso de una violencia simbólica e institucional atroz por parte de las instituciones y regímenes de propiedad intelectual capitalistas convencionales, es necesario que pensemos en nuestra autodefensa.

Decime tus contradicciones y te diré tu ubicación en la marcha

Como un mismo gesto, el del registro, hecho por las corporaciones significa la posibilidad del modelo de reconciliar la contradicción dialéctica del trabajo en un estado inmutable de restauración y conservación permanentes del orden de las cosas (la extracción óptima de acuerdo a los estándares internacionales del plusvalor); pero al mismo tiempo, en las manos de las que resistimos, en el gesto desesperado de solamente seguir existiendo mediante la posibilidad de dejar el registro de nuestra impronta, puede significar un síntoma de retaguardia y hasta de derrota.

Si no la torrenteamos, la cultura se netflixea

Una moral legalista que exija los mismos derechos de usufructo de las producciones culturales, intelectuales y tecnológicas que las licencias de propiedad intelectual confieren, bajo un código de reglas compuestas en un sistema homólogo de promoción, también constituye una estrategia llena de contradicciones. Bajo el régimen de consagración intelectual que nos domina, una vez que los conocimientos entran en obras autorales o patentes, las comunidades que los sustentan, en su invisibilidad, son excluidas de los beneficios sociales de los nuevos trabajos creativos y de los avances tecnológicos que se producen. Resulta que nos dicen que para poder seguir produciendo tenemos que adquirir las semillas mejoradas, los medicamentos y los bienes culturales que circulan por el mercado, o ser unas marginales que se quedan en la franja low-tech de ser las explotadas que sostienen el progreso.

La cultura viva de los pueblos se elabora constantemente a partir del uso, el intercambio, la reinterpretación y el ensamblaje de elementos de culturas diversas. Esta tarea, en tanto no privativa de los bienes comunes, tiene un sentido creativo, expresivo, liberador, ya que amplía el patrimonio cultural, le da nuevos sentidos, lo somete a la crítica y lo pone en relación con elementos de otras culturas.

Por eso enmarcamos el activismo pirata en la ampliación de bienes comunes vivos y no de archivos ilustrados del conocimiento humano universalizado-colonizado. Se trata de remover, reapropiar, circular y dar sentido a la cultura por fuera de los círculos de mercantilización que nos invisibilizan y que asesinaron a Aaron Swartz hace 5 años.

Leer el Manifiesto por la Guerrilla del Acceso Abierto